*La docente Jheny Jannete Torres Parra, directora del Jardín de Niños “Juan Enrique Pestalozzi” de Los Altos de Ayahualulco, y el regidor Iván Munguía se unieron para organizar una excursión cultural a Xalapa, con Munguía financiando el autobús de manera directa, demostrando su compromiso con la comunidad

Ayahualulco, Ver., 10 de marzo de 2025.- El pasado 11 de febrero, muy temprano, las montañas de Los Altos, en Ayahualulco, mantenían sus fiestas de invierno en silencio. Al pie, en el Jardín de Niños “Juan Enrique Pestalozzi”, 35 niñas y niños, con el bullicio de los sueños resonando en sus mentes inquietas, estaban a punto de descubrir que la educación puede ser una historia de aventuras que perdurará en sus recuerdos.

Este momento se hizo posible gracias a la gestión de Jheny Jannete Torres Parra, una docente con 22 años de experiencia, y el compromiso de Iván Munguía, un regidor que prefirió actuar en lugar de sólo dar discursos. 

Pero en Los Altos, el acceso limitado a espacios de enriquecimiento cultural, como un museo o cine, restringe sus horizontes educativos y narrativos: “Cuando les contamos que iríamos a dos lugares, el cine y al Kaná, un niño preguntó cómo era un cine. Entonces, una compañera maestra le respondió que era como ver una tablet gigante. Sus rostros de asombro lo dijeron todo”, recuerda la directora.

La idea de organizar una excursión a Xalapa nació en un Consejo Técnico Escolar. Jheny ya había replicado esta iniciativa en Coatepec, su anterior sede de trabajo, pero el costo del transporte parecía un muro infranqueable: “Las madres apoyaban, pero su preocupación era el gasto. Decidí entonces tocar puertas», explica.

La puerta que se abrió fue la del regidor Iván Munguía, quien sin titubear contrató y pagó un autobús: «No hubo trámites eternos ni condiciones. Sólo dijo: “Cuenten conmigo”, destaca Jheny.

El viaje comenzó a las ocho de la mañana del 11 de febrero. Treinta y cinco pequeñines de entre 3 y 5 años, sus madres y cinco maestras subieron al autobús que Munguía gestionó.

Durante el trayecto de dos horas y media, las emociones se mezclaban con preguntas curiosas, cada una cargada de una inocencia que desarmaba. Esas dudas se transformaron en poesía cuando, ya en el cine, una voz infantil preguntó: «¿De verdad las palomitas y este refresco son sólo para mí?» Frente a la inmensa pantalla, ojos limpios de malicia se abrieron igual que cuando la luz te hace sonreír.

En el Museo Kaná de Ciencia y Tecnología, hasta las mamás se convirtieron en niñas, jugando y descubriendo el misterio de las cosas mientras sus hijas e hijos interactuaban y exploraban su creatividad: “Nuestros niñas y niños no son nada tímidos, me encantan porque donde quieran que estén son bastante participativos”, afirma Jheny.

Pero este viaje fue más que un día de diversión. Para la directora de este centro escolar, fue también una muestra del verdadero impacto que se logra cuando nuestros representantes en el Ayuntamiento escuchan y actúan con sensibilidad:

Fue un recordatorio de que la educación también ocurre fuera de los muros del salón, en esos momentos donde los niños exploran, se asombran y descubren el mundo que hay más allá de su entorno cotidiano.

Jehny, quien creció en un hogar humilde donde ‘bastaba con ir a la escuela’, lo sabe perfectamente bien: «Nunca viví esto de niña. Nunca tuve una experiencia así. Por eso, no dudo en gestionar este tipo de apoyos para la niñez, porque sé que salidas como éstas inspiran a nuestros niños y los hacen soñar en grande”.

Aunque la experiencia dejó lecciones imborrables, los retos persisten. Las aulas del Pestalozzi necesitan material didáctico para el aprendizaje kinestésico y libros resistentes y actualizados.

“Nuestra niñez manipula, toca, explora. Sin estos recursos les limitamos su potencial”, advierte Jheny. Sin embargo, esta excursión demostró que “No se necesitan palancas, sino ganas de servir”, recalca.

Al caer la tarde, el autobús lleno de sueños regresó a Los Altos, a las faldas del Cofre de Perote. En los asientos, quedaron migajas de palomitas y el eco de risas infantiles que ninguno de los viajeros podrá olvidar.

En esta historia, la magia no surgió de castillos, hadas o dragones, sino de algo mucho más real: un cine, un museo y de la certeza de que, cuando la educación se vuelve realmente humanista, hasta las montañas de Los Altos parecen más pequeñas y la memoria de la niñez se vuelve infinita.

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